Pedro Goldfarb sobrevivió al ataque de Hamas contra el kibutz Nir Itzchak, donde permaneció once horas encerrado junto a su esposa mientras dos grupos ingresaban a su vivienda. Tres años después, sostiene que aquella experiencia reforzó su rechazo a la violencia y su posición a favor de una salida política al conflicto.
Pedro Goldfarb todavía recuerda con precisión las primeras horas del 7 de octubre de 2023. A las 6:20 de la mañana, los misiles comenzaron a multiplicarse sobre el kibutz Nir Itzchak, ubicado cerca de la frontera con Gaza. Lo que hasta entonces era una situación conocida para los habitantes de la zona —los ataques esporádicos desde Gaza— se transformó rápidamente en una incursión armada.
Goldfarb, argentino emigrado a Israel en 1981, se encerró junto a su esposa en la habitación de seguridad de su vivienda. Allí permanecieron durante aproximadamente once horas, mientras hombres armados recorrían la casa, destruían objetos, robaban pertenencias e intentaban ingresar al refugio.
Su historia forma parte del libro Sobre los escombros de Gaza, del sociólogo Guillermo Levy, publicado por Marea, donde reconstruye su experiencia y las consecuencias que tuvo para su mirada política.
ONCE HORAS ENCERRADOS
Según relató Goldfarb, un primer grupo de atacantes permaneció durante alrededor de una hora y media dentro de su vivienda. Dispararon contra distintos sectores de la casa, se llevaron dinero y documentación, quemaron el automóvil e intentaron prender fuego la propiedad.
También trataron de abrir la puerta del refugio.
Pero allí apareció una circunstancia que terminó siendo decisiva para la supervivencia de la pareja: la puerta se abría hacia afuera.
Los atacantes intentaban empujarla hacia el interior, mientras la esposa de Goldfarb hacía fuerza desde adentro para mantenerla cerrada. El propio Goldfarb contó que, debido a problemas en sus manos, no tenía fuerza suficiente para sostener el picaporte.
Después de varios intentos, los atacantes desistieron y abandonaron el lugar.
Goldfarb recordó que, en un momento de desesperación, incluso le propuso a su esposa salir del refugio y entregarse para evitar que ella fuera capturada. Ella se negó.
“Salimos vivos los dos o no sale vivo nadie”, le respondió, según su relato.
La pareja permaneció escondida hasta las 17:30, cuando finalmente llegaron soldados israelíes.
EL SEGUNDO GRUPO
La salida del primer grupo no significó el final del peligro. Aproximadamente media hora después ingresaron otras personas a la vivienda.
Goldfarb explicó que, por lo que pudieron escuchar, se trataba de otro grupo que había ingresado para robar. También intentaron abrir la habitación de seguridad, pero no consiguieron hacerlo.
La pareja recién abrió la puerta cuando escuchó a soldados israelíes. Goldfarb había solicitado asistencia médica para su esposa, que sufría dolores en el pecho después del esfuerzo realizado para impedir que ingresaran al refugio.
Según contó, una de las señales que le permitió identificar a los militares fue que uno de ellos se presentó como “paramédico”, una palabra cuya pronunciación reconoció como diferente de la que habría utilizado un atacante árabe.
La experiencia quedó grabada en Goldfarb no solo por el peligro que atravesó, sino también por las pérdidas sufridas por personas de su entorno.
En Nir Itzchak murieron integrantes de la fuerza de seguridad del kibutz y otras personas fueron asesinadas o secuestradas. Goldfarb también recordó a vecinos argentinos y conocidos que murieron durante el ataque o fueron llevados a Gaza.
“LA TOLERANCIA DESAPARECIÓ”
Tres años después, Goldfarb considera que el ataque modificó profundamente a la sociedad israelí.
Según su testimonio, la violencia y la polarización aumentaron hasta alcanzar incluso a sobrevivientes y personas que expresaron públicamente posiciones favorables a la convivencia.
Mencionó los casos de Gadi Moses y Yoheved Lifshitz, sobrevivientes de secuestros, quienes recibieron ataques y amenazas después de realizar declaraciones críticas sobre las políticas del Gobierno israelí.
Goldfarb también cuestionó la respuesta frente a la violencia ejercida por colonos israelíes contra palestinos en Cisjordania. Definió esos ataques como “terrorismo judío” y sostuvo que existe una respuesta insuficiente de parte de las autoridades.
Para él, la experiencia del 7 de octubre no lo llevó a endurecer sus posiciones, sino en la dirección contraria.
“Ahora soy más izquierdista que antes”, contó que respondió cuando sus alumnos le preguntaron cómo había cambiado su forma de pensar después del ataque y de su posterior infarto.
DEL SIONISMO AL COMUNISMO
Goldfarb nació y se formó políticamente en Argentina. Durante su adolescencia en el Colegio Nacional Buenos Aires participó del movimiento Hashomer Hatzair, vinculado al socialismo judío y al sionismo.
Sin embargo, pocos años después abandonó el sionismo como corriente política y se incorporó al Partido Comunista de Israel, integrado actualmente al Frente Democrático por la Paz y la Igualdad, conocido como Hadash.
En 1981 emigró a Israel y se instaló en el kibutz Nir Itzchak.
Su posición actual es especialmente crítica respecto del sionismo. Goldfarb considera que Israel debería abandonar esa ideología como condición, según su interpretación, para avanzar hacia una transformación política.
“Ser sionista y ser progresista es una contradicción”, sostuvo durante la entrevista.
También cuestionó la idea de que Estados Unidos pueda ser la solución al conflicto y afirmó que, desde su perspectiva, la relación entre ambos países forma parte de los problemas que deberían revisarse.
“DOS PUEBLOS Y DOS PARTES DE LA ECUACIÓN”
Goldfarb reconoce que el ataque que sufrió fue cometido por personas a las que considera responsables de haber intentado asesinarlo. Sin embargo, sostiene que responder exclusivamente mediante la fuerza no permite resolver las causas profundas del conflicto.
Su planteo parte de una idea: existen dos pueblos que deberán convivir y que, para alcanzar una solución, necesitan atravesar un proceso de transformación que podría extenderse durante generaciones.
El sobreviviente considera que la deshumanización del adversario alimenta nuevos ciclos de violencia y plantea que un joven palestino que crece entre los escombros de Gaza difícilmente pueda desarrollar una mirada favorable hacia Israel.
Al mismo tiempo, cuestiona que jóvenes israelíes crezcan con la idea de que la única respuesta posible frente al conflicto sea incorporarse al ejército y recurrir a la fuerza militar.
Goldfarb compara ese proceso con la experiencia sudafricana posterior al apartheid y plantea que una transformación semejante requeriría generaciones.
“Acá se ve solamente la parte nuestra de la ecuación”, sostuvo.
“NO ESTOY ARREPENTIDO DE HABER EMIGRADO”
A pesar de su crítica a las políticas del Estado israelí, Goldfarb asegura que no se arrepiente de haber emigrado.
Sus hijos le preguntaron en distintas oportunidades si, después de lo ocurrido, consideraba que había sido un error irse de Argentina en 1981.
Su respuesta fue negativa.
Explicó que ya había tomado una decisión de vida al emigrar y que no estaba dispuesto a abandonar nuevamente el lugar donde construyó su vida.
“No estoy arrepentido de emigrar”, afirmó.
Tres años después del ataque, su preocupación está puesta en el futuro de sus hijos y sus nietos. Goldfarb sostiene que el desafío consiste en encontrar una salida que permita que las próximas generaciones no hereden la misma lógica de violencia.



